|
LAS SUPERSTICIONES Y LOS HECHOS
A lo largo de la historia, el hombre ha solucionado con éxito muchos problemas que parecían insolubles, pero la muerte es inevitable. Todo aquel que aparece en esta tierra, no importa cuando, está destinado a morir. El hombre vive hasta un día determinado y luego muere. Algunos mueren muy jóvenes, cuando aún son bebés. Otros pasan por todas las etapas de la vida y se encaran con la muerte al final de la misma. Nada de lo que un hombre posea: propiedades, fortuna, status, fama, grandeza, confianza o belleza puede evitarle la muerte. Sin excepción, todos los hombres están indefensos ante ella, y así seguirán.
La mayoría de las personas evitan pensar en la muerte. No se les ocurre que este final incuestionable les acontecerá algún día. Abrigan la superstición de que, si evitan pensar en ella, serán inmunes a la misma. En las conversaciones diarias se interrumpe sin más a aquellos que intentan hablar de ella. Alguien que empieza a hablar de la muerte, intencionadamente o no, trae a la memoria una señal de Dios y, aunque sólo sea ligeramente, aparta la gruesa nube de despreocupación que cubre los ojos de la gente. A pesar de ello, una mayoría que hace de la despreocupación un modo de vida se siente incómoda cuando se les presentan unos hechos tan “inquietantes”. Sin embargo, cuanto más tratan de escapar a dicho pensamiento, más les obsesiona ese momento. Su actitud despreocupada determinará la intensidad del horror y perplejidad que experimentarán en el momento de la muerte, el Día del Juicio Final y durante el tormento eterno.
El tiempo corre en contra del hombre. ¿Has oído hablar de alguien inmune al paso del tiempo y a la muerte? ¿Conoces a alguien que no vaya a morir? ¡Es poco probable! Es poco probable porque el hombre no tiene influencia alguna sobre su propio cuerpo o sobre su vida. El que no haya decidido sobre su nacimiento pone en evidencia este hecho. Otra evidencia es la desesperación del hombre frente a la muerte. El dueño de la vida es Quien la otorga al hombre. Y cuando Él quiera, te la quitará. Dios, el Dueño de la vida, informa al hombre sobre ello en el versículo que reveló a su Profeta:
Y [recuerda a los que te rechazan, oh Profeta, que] nunca hemos concedido la inmortalidad a ningún mortal anterior a ti: pero, ¿acaso esperan que, si tú has de morir, van ellos a vivir eternamente? (Sura 21: 34 Los Profetas)
En este momento, hay millones de personas viviendo en el mundo. Podemos deducir que un número incalculable apareció y desapareció desde la creación del primer hombre sobre la tierra. Todas ellas murieron sin excepción. La muerte es un fin cierto tanto para aquellos que vivieron en el pasado como para los que actualmente están vivos. Nadie puede evitar este fin inevitable. Como dice El Corán:
Todo ser humano probará la muerte: pero no recibiréis vuestra recompensa íntegra [por lo que habéis hecho] sino hasta el Día de la Resurrección – entonces, quien sea apartado del fuego y conducido al paraíso, ciertamente habrá logrado un triunfo: pues la vida de este mundo no es sino un disfrute engañoso. (Sura 3:185 La casa de Imrán)
Suponer que la muerte es una coincidencia o mala fortuna
La muerte no ocurre por casualidad. Como es el caso de otros incidentes, ocurre por decreto de Dios. Así como el nacimiento de un hombre está predestinado, lo está la fecha de su muerte hasta el último segundo. El hombre corre hacia este último momento, dejando atrás cada hora, cada minuto que se le concede. La muerte de cada uno de nosotros, su lugar y hora, así como la manera como morirá, todo está predeterminado.
Sin embargo, a pesar de esto, la mayoría de la gente asume que la muerte es el fin último de una sucesión lógica de acontecimientos, mientras que sólo Dios conoce las verdaderas razones. Cada día aparecen noticias de muertes en los periódicos. Después de leerlas, probablemente habrás escuchado comentarios tales como: “Se podría haber salvado si se hubiesen tomado las debidas precauciones” o “No habría muerto si tal cosa y tal otra no hubiesen pasado”. Una persona no puede vivir un minuto más o menos de lo que tiene predestinado. Si embargo, la gente, que está lejos de la claridad que les proporciona la fe, ve la muerte como parte de una secuencia de coincidencias. En El Corán, Dios advierte a los creyentes de esta distorsionada base lógica que es característica de los incrédulos:
¡Oh vosotros que habéis llegado a creer! No seáis como quienes se empeñan en negar la verdad, que dicen de sus hermanos [que han muerto] después de haber emprendido un viaje a un lugar lejano o haber salido de incursión: “Si se hubieran quedado con nosotros, no habrían muerto,” o, “no les habrían matado” – porque Dios hará que esto sea una fuente de angustia en sus corazones, pues es Dios quien da la vida y da la muerte. Y Dios ve todo lo que hacéis. (Sura 3:156 La casa de Imrán)
Suponer que la muerte es una coincidencia es mera ignorancia e imprudencia. Como sugiere el versículo anterior, esto ocasiona en el hombre una gran angustia espiritual y abrumadores conflictos. Para los incrédulos, o aquellos que no tienen fe en el sentido coránico, perder a un pariente o a un ser querido es causa de angustia y remordimiento. Atribuyendo la muerte a la mala suerte o al descuido piensan que se podría retardar la misma. Es la base lógica que de hecho acrecienta su dolor y pesar. Pero este dolor y pesar no es otra cosa sino el tormento de la incredulidad.
Sin embargo, en contra de la creencia popular, la causa de la muerte no es ni un accidente, ni una enfermedad, ni ninguna otra cosa. Ciertamente es Dios Quien crea todas estas causas. Una vez finalizado el tiempo que se nos concede, nuestra vida acaba por alguna de estas razones aparentes. Mientras tanto, ninguno de los recursos materiales destinados a salvar a alguien de la muerte traerá otro aliento de vida. Dios subraya esta ley divina en el siguiente versículo:
Y ningún ser humano muere sino con la venia de Dios, en un plazo prefijado... (Sura 3:145 La casa de Imrán)
Un creyente es consciente de la naturaleza temporal de la vida en este mundo. Sabe que Nuestro Señor, Quien le concedió todas las bendiciones de las que ha disfrutado en él, se llevará su alma cuando Él quiera y le pedirá que dé cuenta de sus actos. Sin embargo, puesto que ha pasado toda su vida intentando ganar el favor de Dios, no le preocupa la muerte. Nuestro Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) también se refirió a esta buena disposición de carácter en una de sus oraciones:
Jabir ibn Abdullah dijo: “Cuando el Apóstol de Dios (la paz sea sobre él) iniciaba la oración recitaba: Dios es el más Grande; luego añadía: ciertamente mis oraciones, mis sacrificios, mi vida y mi muerte son por Dios, el Señor de los mundos.” (Al-Tirmidhi, 262)
La mala interpretación de lo que significa el destino
La gente abriga muchos conceptos erróneos acerca del destino, especialmente cuando se trata de la muerte. Ideas disparatadas tales como que uno puede “vencer a su destino” o “cambiar su destino” son frecuentes. Al considerar que sus expectativas y suposiciones son el destino, alguna gente poco inteligente e ignorante cree que es éste el que cambia cuando las cosas no ocurren como anticiparon o previeron. Adoptan una actitud poco sensata y actúan como si lo hubiesen leído de antemano y las cosas no hubiesen sucedido como estaba escrito. Tan distorsionada base lógica es seguramente producto de una mente estrecha desprovista de un conocimiento suficiente del mismo.
El destino es la creación perfecta de Dios de todos los sucesos pasados y futuros sin limitación de tiempo. Dios es Quien crea de la nada los conceptos de espacio y tiempo, es Quien los tiene bajo Su control y Quien no está sujeto a ellos. La secuencia de acontecimientos que se experimentó en el pasado o que se experimentará en el futuro está, minuto a minuto, planeada y creada bajo la mirada de Dios.
Dios es el Creador del tiempo, por tanto no está sujeto a él. Del mismo modo, que Él se atenga a los acontecimientos que Él mismo creó junto con los que Él creó resulta algo inverosímil. En este contexto, resulta innecesario decir que Dios no espera a ver cómo aquellos acaban. Bajo Su mirada ambos, principio y fin de un hecho, están claros. De manera similar, no existe duda acerca de dónde se sitúan en el plano de la eternidad. Todo ha ocurrido y terminado. Es semejante a las imágenes de una tira de película: así como las imágenes de una película no ejercen ninguna influencia sobre la misma y no la pueden cambiar, los humanos que tienen su papel individual en la vida no pueden influenciar el curso de los hechos grabados en la tira del destino. Los humanos no tienen ninguna influencia sobre él. Justo al contrario, es el destino el factor determinante en las vidas de las gentes. El hombre, parte esencial del destino, no se encuentra separado ni es independiente del mismo. Dejando a un lado un cambio en el destino, el hombre es incapaz de ir más allá de las barreras que éste le impone. Para entenderlo mejor, podemos establecer un paralelismo entre un hombre y un actor de una película. Un actor no puede salir de la película, adquirir una existencia física y empezar a hacer cambios en ella borrando las escenas que no le son favorables o añadiendo otras nuevas. Ciertamente esto sería una sugerencia irracional.
En consecuencia, las nociones de vencer al destino o de desviar el curso de los hechos son mera falacia. Alguien que dice: “He vencido a mi destino” sólo se está engañando a sí mismo (y el mero hecho de que así lo haga compete al destino).
Una persona puede permanecer en coma durante días. Puede parecer poco probable que reviva. A pesar de ello, si se recupera, no significa que “venció a su destino” o que “los médicos cambiaron su destino”. Simplemente quiere decir que su hora aún no ha llegado. Su recuperación no es más que parte de su propio e ineludible destino. Su destino está, como el de todos los demás seres humanos, determinado a ojos de Dios:
… y nadie ve prolongados sus días hasta una edad avanzada- ni le son acortados sus días- sin que así esté dispuesto en el decreto [de Dios]: pues, ciertamente, todo eso es fácil para Dios. (Sura 35:11 El Originador)
Nuestro Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) dijo lo siguiente a una creyente que rezaba a Dios para que le permitiera obtener subsidio de sus seres queridos:
Has preguntado a Dios sobre la duración ya fijada de la vida y por la duración de los días asignados y por los sustentos cuya parte se ha fijado. Dios no haría nada antes de su debida hora, ni retrasaría nada más allá de su hora. (Libro 33, número 6438, Salih Muslim)
Tales incidentes son el modo en el que Dios revela al hombre la inteligencia sin fin, sabiduría, variedad y bendiciones inherentes a Su creación y el modo como lo pone a prueba. Tal diversidad aumenta el agradecimiento, asombro y, fundamentalmente, la fe de la gente. Sin embargo, en los incrédulos produce sensaciones de incertidumbre, estupefacción y perversión que, debido a su mentalidad ignorante, les hace adoptar una actitud más rebelde hacia Dios. Mientras tanto, el percatarse de tan despreocupada actitud de los incrédulos hace que los creyentes se sientan más agradecidos hacia Dios por permitirles tener fe y sabiduría, lo que los hace superiores a aquellos.
Según la creencia popular, el que una persona muera a los ochenta años es su “destino” mientras que la muerte de un bebé, joven o persona de mediana edad es un “hecho horrendo.” Siendo capaces de aceptar la muerte como un fenómeno natural, algunos intentan que ésta se ajuste a sus criterios establecidos. Así, tras una larga y dolorosa enfermedad, la muerte parece aceptable mientras que morir de una enfermedad repentina o por accidente es un desastre prematuro. Éste es el porqué a menudo se enfrentan a la muerte con un espíritu rebelde. Dicha postura es un claro signo de encontrarse desprovisto de una fe esencial en el destino y, por consiguiente, en Dios. Los que alimentan tal estado de ánimo estarán condenados a vivir en un dolor y angustia constantes en esta vida. Éste es, en realidad, el comienzo del tormento eterno que resulta de la falta de fe.
La creencia en la reencarnación
Una de las creencias más irracionales que el hombre sustenta sobre a la muerte es que la “reencarnación” es posible. La reencarnación se define como el que en la muerte física del cuerpo, el alma transmigra o nace de nuevo en otro cuerpo con una identidad distinta en un lugar y tiempo diferentes. Recientemente, se ha convertido en un pervertido movimiento que atrae a muchos adeptos de entre los incrédulos y seguidores de creencias supersticiosas.
En términos técnicos, las razones por las cuales tales creencias supersticiosas reciben apoyo (sin basarse en evidencias concretas) son las preocupaciones que, subconscientemente, esconden los incrédulos. Al no tener fe en el Más Allá, la gente teme ser reducida a la nada después de la muerte. Por otro lado, aquellos que tienen una fe pobre se sienten incómodos con la idea de ir al infierno, puesto que son conscientes o, al menos, consideran probable que la justicia de Dios impone su castigo. Pero para ambos la idea de un repetido renacimiento del alma en otros resulta extremadamente atractiva. Así, determinados círculos que explotan esta creencia distorsionada hacen que la gente crea en esta falacia con la ayuda de un poco de adorno. El que sus seguidores no demanden ninguna evidencia alienta los esfuerzos de estos oportunistas.
Desafortunadamente, esta pervertida creencia también encuentra adeptos en los círculos musulmanes. Se trata mayormente del tipo de musulmanes que está deseoso de proyectar una imagen intelectual y liberal. Existe otra dimensión más seria de este tema que merece nuestra atención: esta gente se esfuerza en confirmar sus puntos de vista con la ayuda de los versículos coránicos. Con este fin, distorsionan los significados explícitos de los mismos y fabrican sus propias interpretaciones del Corán. Nuestra intención es enfatizar que dicha creencia está totalmente en desacuerdo con el Corán y el Islam y es completamente contradictoria a los versículos del Corán, que son totalmente precisos.
Estos círculos dicen que hay unos cuantos versos del Corán que corroboran sus pervertidos puntos de vista. Uno de ellos es el siguiente:
[Entonces] exclamarán: ¡Oh Sustentador nuestro! ¡Dos veces nos has hecho morir como dos veces nos diste la vida! Pero ahora que hemos reconocido nuestros pecados, ¿existe alguna salida [de esta segunda muerte]? (Sura 40:11 Que perdona)
Basándose en este versículo, la gente que cree en la reencarnación establece lo siguiente: al hombre se le da una nueva vida después de que ha vivido algún tiempo en ésta y luego muere. Es la segunda vez que nace y también el período durante el cual el alma completa su desarrollo. Después de la segunda muerte, a continuación de su segunda vida, dicen que el hombre resucita en el Más Allá.
Ahora, alejándonos de cualquier prejuicio, analicemos este versículo: del mismo, resulta evidente que el hombre experimenta dos etapas de vida y muerte. En este contexto, una tercera etapa de vida o muerte está fuera de toda cuestión. Siendo éste el caso, surge una pregunta: “¿Cuál era el estado inicial del hombre? ¿Estar vivo o muerto?” Encontramos la respuesta a esta pregunta en el siguiente versículo:
¿Cómo podéis rechazar a Dios si estabais muertos y os dio la vida, luego os hará morir y de nuevo os volverá a la vida y a Él seréis devueltos? (Sura 2:28 La vaca)
El versículo se explica por sí mismo: en un principio, el hombre está muerto. En otras palabras, debido a la propia naturaleza de su creación, originalmente está hecho de materia inanimada como son el agua, la tierra, etc., tal y como nos dice el versículo. Luego, Dios hizo que este montón de materia inanimada cobrase vida, “lo creó y le dio forma”.Ésta es la primera muerte y así la primera salida de la muerte (el nacimiento). Algún tiempo después de esta primera salida de la muerte (del nacimiento), la vida termina y el hombre muere. Regresa de nuevo a la tierra, como en la primera fase, y es reducido a la nada. Esta es la segunda transición a la etapa de la muerte. El segundo y último hecho en esta salida de la muerte es el que tiene lugar en el Más Allá. Puesto que esto es así, no hay una segunda resurrección en la vida de este mundo. Sino, se necesitaría una tercera resurrección. Sin embargo, no existe ninguna referencia a una tercera resurrección en ninguno de los versículos. Tanto en sura 40:11 Que perdona y sura 2:28 La vaca, no hay ninguna referencia que sugiera la posibilidad de una segunda resurrección en la vida de este mundo. Al contrario, estos versículos revelan explícitamente la existencia de una resurrección en este mundo y otra en el Más Allá.
Aún así, los seguidores de la reencarnación invierten todas sus esperanzasen estos dos versículos.
Resulta evidente que incluso sólo estos dos versículos utilizados como evidencia por los seguidores de la reencarnación rebaten esta distorsionada base lógica Además, otros muchos en el Corán ponen de manifiesto que sólo existe una vida en la que se pone a prueba al hombre y que se trata de la vida de este mundo. El que no hay vuelta a la vida después de la muerte se recoge en el siguiente:
[Aquellos que no creen en la Otra Vida, siguen engañándose a sí mismos] hasta que, cuando le llega a uno de ellos la muerte, implora: “¡Oh Sustentador mío!¡Déjame volver, déjame volver [a la vida], para que pueda obrar rectamente allí donde [antes] fracasé!”¡Qué va! Son sólo palabras [vanas] que dice: pues detrás de esos [que dejan el mundo] hay una barrera [de muerte] hasta el Día en que sean todos resucitados. (Sura 23:99-100 Los creyentes)
El diálogo que aquí se mantiene deja claro que, después de la muerte, no hay un regreso a esta vida. Mientras tanto, en este versículo, Dios llama nuestra atención sobre el hecho de que los incrédulos acarician desesperadas ilusiones acerca de una segunda salida de la muerte, una segunda vuelta a esta vida. Sin embargo, el versículo clarifica que se trata únicamente de palabras sugeridas por los incrédulos y que no tienen validez.
El que la gente del Paraíso no experimentará otra muerte diferente a la “primera” muerte se describe en el siguiente versículo:
Y no saborearán la muerte allí después de su muerte primera. Así les habremos librado del castigo del fuego abrasador- como favor de tu Sustentador: ¡y ese, precisamente, será el triunfo supremo! (Sura 44: 56-57 El humo)
La gran felicidad de la gente del Paraíso se describe en otro versículo. Esta felicidad se debe al hecho de que no experimentarán otra muerte excepto la primera:
Pero entonces, [Oh mis amigos en el paraíso,] ¿es [realmente] cierto que no habremos de morir [de nuevo,] después de nuestra muerte anterior, y que nunca [más] habremos de sufrir? ¡Realmente, este –este en verdad –es el triunfo supremo! (Sura 37:58-60 Los alineados en filas)
Los versículos anteriores no dejan lugar a dudas. La conclusión es la siguiente: el hombre experimenta una única muerte. En este punto puede surgir la pregunta: “A pesar de la referencia a las dos muertes de los versículos precedentes ¿por qué se menciona sólo una muerte en la sura 37:58-60 Los alineados en filas?” La respuesta a esta pregunta la tenemos en el versículo 56 de la sura El humo, que dice: “Y no saborearán la muerte allí después de su muerte primera.” De hecho, hay una y sólo una muerte a la cual el hombre se enfrenta conscientemente. Se encuentra con ella y la percibe con todos sus sentidos. Esta es la muerte que uno halla en el momento que termina su vida. Es seguro que no percibe la primera muerte, puesto que entonces se encuentra privado de sentidos y consciencia.
Ante tales categóricas y claras explicaciones que formula el Corán, mantener que existen más muertes y etapas de salida de la muerte y creer que existe trasmigración del alma sería una negación abierta de los versículos coránicos.
Por otra parte, si Dios hubiese creado en esta vida un sistema basado en la reencarnación, seguro que habría informado al hombre de ello a través del Corán, que es la única guía del verdadero camino de la humanidad. Si éste hubiese sido el caso, Dios habría proporcionado una relación detallada de todas las fases de la reencarnación. Pero en el Corán, que proporciona toda clase de información referente a la vida y a la siguiente vida de los creyentes, no existe un solo indicio sobre la reencarnación, cuanto menos una referencia directa a la misma.
LA DESPREOCUPACIÓN QUE ENTURBIA NUESTRO ENTENDIMIENTO
El hombre es intrínsicamente orgulloso: es extremadamente sensible a temas relacionados con sus propios intereses. Irónicamente, muestra indiferencia hacia la muerte, que debería ser un asunto de suma importancia. En el Corán, Dios define este estado de ánimo característico de “aquellos que no se sustentan firmemente en la Fe” con una palabra: “despreocupación”.
La definición de despreocupación sugiere una deficiencia en la comprensión global de los sucesos que nos acontecen, debido a una conciencia enturbiada o incluso una total inconsciencia y supone por tanto un fracaso a la hora de tener un buen criterio y dar respuestas pertinentes. Un ejemplo de lo dicho lo encontramos en el siguiente versículo:
Se acerca a los hombres su ajuste de cuentas: pero ellos siguen obstinadamente despreocupados de su llegada. (Sura 21:1 Los profetas)
La gente está segura de que alguien que padece una enfermedad mortal o incurable morirá. Sin embargo, al igual que ese paciente, aquellos que tienen dicha certeza también morirán. El que lo hagan en un futuro próximo o lejano no cambia este hecho. A menudo, la despreocupación obscurece esta verdad. Por ejemplo, es altamente probable que alguien que padezca de SIDA muera en un futuro no muy lejano, pero la realidad sigue siendo que también resulta altamente probable (a decir verdad, es algo seguro) que la persona vigorosa que se encuentra a su lado también morirá un día. Quizá se tropiece con la muerte mucho antes de que lo haga la persona seropositiva. Lo más probable es que ocurra en el momento más inesperado.
Los familiares lloran a sus enfermos en el lecho de muerte. A pesar de ello, raras veces lloran por ellos mismos, que ciertamente morirán un día. Sin embargo, dada la certeza de este suceso, la respuesta no debería variar dependiendo de si ocurrirá ahora o más tarde.
Si, de cara a la muerte, el dolor es la respuesta adecuada, entonces todo el mundo debería empezar a apenarse por sí mismo o por otros. O debería sobreponerse a este pesar y esforzarse por comprender mejor el significado de la muerte.
Con este propósito, resultará útil conocer las razones para la despreocupación de las gentes.
Las causas de la despreocupación
— Falta de perspicacia: La mayoría de los individuos que componen la sociedad no están acostumbrados a pensar en temas serios. Al hacer de la despreocupación un modo de vida, no se preocupan por la muerte. Cualquier problema trivial que no puedan solucionar les mantiene constantemente ocupados. Los temas sin importancia, que ya “congestionan” sus estrechas mentes, no les permiten dedicarse a temas serios. Así, pasan sus vidas dejándose llevar por el curso de los acontecimientos. Mientras tanto, cuando alguien muere, o cuando la conversación deriva hacia el tema de la muerte, encuentran consuelo en frases hechas y, simplemente, evitan el tema. Se trata de personas de mente estrecha que abrigan pensamientos frívolos.
— La complejidad e intensidad de la vida: La vida fluye muy deprisa y es seductoramente intensa. A falta de un esfuerzo mental excepcional, es probable que el hombre no haga caso de la muerte, que es seguro que le venza antes o después. Si no tiene fe en Dios, se encuentra demasiado alejado de conceptos tales como el destino, depositar la confianza en Dios y someterse a Él. Desde el momento en que es consciente de las necesidades materiales, se esfuerza por asegurarse una buena vida. Este tipo de personas ni siquiera intenta evitar la muerte porque está absorto en sus preocupaciones mundanas. Constantemente persigue nuevos planes, aficiones y objetivos y, un día, de improviso y por consiguiente sin haberse preparado para ello, se enfrenta a la realidad de la muerte. Entonces se arrepiente y quiere volver a vivir, pero es inútil.
— Crece el engaño de la población: Uno de los motivos por los que existe la despreocupación es el que siga habiendo nacimientos. La población mundial sigue creciendo, nunca decrece. Sin embargo, una vez atrapados en la espiral de la vida, el hombre puede, por error, creer en ideas atrayentes y sin embargo completamente ilusorias tales como que “los nacimientos sustituyen a las muertes” y que, de ese modo, se mantiene un equilibrio de población. Esta base lógica hace que las circunstancias maduren para que se forme una actitud despreocupada ante la muerte. A pesar de lo dicho si, de ahora en adelante, no hubiese más nacimientos en el mundo, veríamos las muertes una tras otra y, por tanto, una población mundial en descenso. Entonces empezaríamos a sentir el horror de la muerte. El hombre advertiría cómo los que le rodean desaparecen uno tras otro y se daría cuenta de que sufriría igualmente este inevitable final. Es un sentimiento parecido al que experimentan los condenados a la pena capital en el corredor de la muerte. Cada día son testigos de cómo se llevan a dos o tres personas para ejecutarlas. El número de prisioneros disminuye de forma constante en las celdas. Pasan los años, pero todos los días, aquellos que aún están vivos se duermen en un estado de ansiedad pensando si mañana les tocará a ellos. No dejan de pensar en la muerte ni un solo segundo.
Irónicamente, la situación actual no difiere del mencionado ejemplo. Los recién nacidos no influyen en absoluto en los que están destinados a morir. Se trata de una apreciación sicológica errónea. Aquellos que poblaron el mundo hace 150 años no están hoy aquí. Las generaciones posteriores no les salvaron de la muerte. Del mismo modo, de aquí a 100 años, los que ahora habitan la tierra, con escasas excepciones, no lo harán. Esto es así porque el mundo no es un lugar permanente para el hombre.
Modos de engañarse a sí mismo
Entre los motivos que nos hacen mostrar indiferencia hacia la muerte y sumergirnos en la despreocupación, se encuentran también ciertos mecanismos de defensa que la gente emplea para engañarse a sí misma. Estos mecanismos, entre los cuales citaremos algunos un poco más adelante, reducen al hombre al nivel del avestruz que introduce su cabeza bajo la tierra para escapar de una situación desagradable.
— Posponer pensar en la muerte hasta los últimos años de la vida: Por regla general, la gente da por sentado que vivirá hasta los sesenta o setenta años. Esto explica el porqué normalmente los jóvenes y las personas de mediana edad emplean este mecanismo de defensa. Teniendo en cuenta estos cálculos, posponen pensar en unos temas tan “lúgubres” hasta el final de sus vidas. Durante su juventud (o en la flor de la vida) no quieren enturbiar sus mentes con temas tan “deprimentes”. Los últimos años de vida corresponden, inevitablemente, a la época en que no se puede aprovechar lo mejor de la misma y la gente cree que este período es el más apropiado para pensar con frecuencia en la muerte y prepararse para la otra vida. Esto también conlleva un alivio espiritual, puesto que proporciona la sensación de estar haciendo algo para el Más Allá.
Sin embargo, resulta evidente que hacer unos planes tan a largo plazo y tan indeterminados no tiene sentido para alguien que ni siquiera tiene garantizado el siguiente aliento de vida. Esta persona ve cómo cada día mucha gente de su edad, o incluso más jóvenes, mueren. Las necrológicas ocupan un espacio considerable en los periódicos. Cada hora, las cadenas de televisión informan sobre nuevas muertes. A menudo es testigo de cómo muere alguien cercano. A pesar de ello, poco piensa en que los que le rodean también serán testigos de su propia muerte o de que leerán su esquela en el periódico. Por otro lado, incluso aunque viva mucho tiempo, nada cambiará, puesto que su mentalidad será la misma. Hasta que no se encuentre cara a cara con la muerte, pospondrá pensar en ella.
— Suponer que se “cumplirá condena” en el infierno por un corto período de tiempo: Este punto de vista, que es frecuente en nuestra sociedad, no es sino superstición. Después de todo, no es una creencia que tenga sus raíces en el Corán. En ninguna parte del mismo encontramos ninguna referencia a “cumplir condena” en el infierno durante algún tiempo y luego ser perdonado. Bien al contrario, en todos los versículos relevantes, se menciona específicamente la separación de los creyentes y los incrédulos el Día del Juicio Final. De nuevo, sabemos por el Corán que los creyentes permanecerán en el Paraíso por toda la eternidad, mientras que los incrédulos serán arrojados al infierno, en donde sufrirán el tormento eterno:
Dicen: “El fuego sólo nos tocará un número contado de días.” Di: “¿Habéis recibido una promesa de Dios? –pues Dios nunca incumple Su promesa. ¿O es que atribuís a Dios algo que no podéis saber?”
¡Sin duda! Quienes hayan obrado mal y estén inmersos en sus faltas –están destinados al fuego y en él permanecerán; pero quienes alcancen la fe y hagan buenas obras –están destinados al paraíso y en él permanecerán. (Sura 2:80-82 La vaca)
Otro versículo enfatiza la misma cuestión:
Y eso porque alegan: “El fuego nos tocará un número contado de días”: es así como las falsas creencias que inventaron les han llevado [con el tiempo] a traicionar su religión. (Sura 3:24 La casa de Imrán)
El infierno es un lugar de tormento inimaginable. En consecuencia, incluso si fuera posible permanecer en él durante un corto espacio de tiempo, un hombre consciente nunca consentiría pasar por ese sufrimiento. El infierno es el lugar en donde los atributos de Dios, al-Jabbar (Aquel que sojuzga el mal y restaura el bien) y al-Qahhar (el Aniquilador) se manifiestan en grado sumo. El tormento del infierno no es comparable a ningún sufrimiento en la tierra. Una persona que ni siquiera soporta una quemadura en el dedo y dice que puede soportar fácilmente la mencionada tortura sólo demuestra su estupidez. Además, una persona que no se siente aterrorizada por la Ira de Dios no Le tiene en gran estima. Dicho sujeto, privado enteramente de fe, es un pobre hombre que no merece la pena mencionar.
— Pensar que “Ya me merezco el Paraíso”: Existe también un grupo de personas que suponen que son la gente del Paraíso. Se comprometen con cuestiones de poca importancia creyendo que se trata de buenas acciones y evitan las malas pensando que están listos para entrar en el cielo. Cargados de supersticiones y diciendo herejías que asocian a la religión, en realidad lo que hacen es seguir una fe completamente alejada del Corán. Se presentan como verdaderos creyentes y, sin embargo, el Corán los coloca en la lista de los que asocian a otros con Dios:
Y preséntales la parábola de dos hombres, a uno de los cuales habíamos dado dos viñedos, que rodeamos de palmeras, y entre ambos pusimos un campo de cereales. Ambos viñedos daban su cosecha sin mengua de ninguna clase, pues habíamos hecho brotar un arroyo en medio de cada uno de ellos. Y así [aquel hombre] tenía abundancia de frutos.
Y [un día] le dijo a su acompañante, mientras discutía con él: “¡Yo tengo más riqueza que tú, y soy más poderoso en [el número y fuerza de mi] gente!”
Y habiendo pecado [así] contra sí mismo, entró en su viñedo diciendo: “¡No creo que esto vaya a desaparecer jamás! Ni creo que llegue jamás la Última Hora. Pero si [llegara, y] fuera llevado ante mi Sustentador, ¡seguro que encontraría a cambio un lugar mejor que este!”.
Y su acompañante le contestó, prosiguiendo la discusión: “¿Vas a blasfemar contra Aquel que te ha creado de tierra, y luego de una gota de semen, y te formó al final como un hombre [completo]? Por mi parte [sé que] Él es Dios, mi Sustentador, y no voy a atribuir poderes divinos a nada excepto a mi Sustentador”.
(Sura 18: 32-38 La cueva)
Con las palabras: “Pero si [llegara, y] fuera llevado ante mi Sustentador”, el propietario del jardín expresa la falta de una fe sólida en Dios y el Más Allá y, por consiguiente, revela que es un idólatra que abriga dudas. Mientras tanto, proclama que es uno de los mejores creyentes. Además, no le cabe duda de que Dios le recompensará con el Paraíso. Esta actitud insolente e inferior del idólatra resulta algo muy común.
Estas gentes, en el fondo, saben que están siendo deshonestas, pero cuando se les cuestiona, intentan demostrar su inocencia. Alegan que cumplir los mandamientos de la religión no es tan importante. Además, tratan de absolverse diciendo que aquellos que les rodean y que aparentemente son religiosos en realidad son inmorales y deshonestos. Intentan probar que ellos son “buena gente” proclamando que no hacen daño a nadie. Afirman que no dudan en dar dinero a los mendigos, que han trabajado honestamente en el servicio público durante años y que éstas son las cosas que hace un verdadero musulmán. O bien no saben o pretenden no saber que lo que de verdad hace que un hombre sea un verdadero musulmán no es llevarse bien con los demás sino ser un siervo de Dios y obedecer Sus mandamientos.
En un intento de basar su distorsionada visión de a religión en algún tipo de lógica racional, suscriben ciertas falacias. En realidad es algo típico que muestra su falsedad. Con el fin de legitimar su propia vida, buscan refugio en lemas tales como: “El trabajo es la mejor forma de adoración” o “Lo que de verdad importa es la sinceridad del alma” Según el Corán, sólo están “inventando mentiras en contra de Dios” y merecen el castigo del Fuego eterno. En el Corán, Dios describe la situación de estas personas como sigue:
Pretenden engañar a Dios y a aquellos que han llegado a creer –pero sólo se engañan a sí mismos, y no se dan cuenta. (Sura 2: 9 La vaca)
— Lógicas de doble rasero: A veces, cuando las personas piensan en la muerte, suponen que desaparecerán para siempre. Esta idea tan chocante hace que desarrollen otro mecanismo de defensa: Dan poco crédito al hecho de que “existe una vida eterna que Dios nos prometió”. Dicha conclusión les hace tener esperanzas. Cuando se dan cuenta de las responsabilidades que un creyente tiene hacia su Creador, prefieren ignorar por completo el hecho de que existe una vida eterna. Se consuelan pensando “Después de todo, seremos reducidos a la nada y nos convertiremos en polvo. No hay vida después de la muerte”. Dicho supuesto alivia todos los temores y preocupaciones, como el tener que dar cuenta de sus actos el Día del Juicio Final o sufrir en el fuego del infierno. En ambos casos, viven sus vidas despreocupados hasta el fin de las mismas.
La consecuencia de la despreocupación
Como hemos dicho con anterioridad, mientras se está vivo, la muerte se hace notar. Estos recordatorios son beneficiosos a veces e impulsan al hombre a volver a examinar sus prioridades en la vida y a volver a evaluar su actitud en general. Pero hay veces en que los anteriormente citados mecanismos de defensa toman el poder y, conforme pasan los días, la nube de despreocupación que cubre nuestros ojos se hace más y más grande.
Si los incrédulos esperan tranquilamente la muerte y tienen un sentimiento irracional de seguridad, incluso cuando son plenamente conscientes de ella en los últimos años de su vida, es porque están completamente envueltos por dicha nube, porque para ellos la muerte supone un sueño tranquilo y confortable, tranquilidad y calma y un descanso eterno.
Contrariamente a lo que piensan, Dios, El que crea de la nada y El que hace morir y dará vida a todas las criaturas el Día del Juicio Final, les promete arrepentimiento y tormento eternos. Serán testigos de ello en el momento de su muerte, cuando crean que van a dormir un sueño eterno. Se darán cuenta de que la muerte no implica una desaparición total, sino que es el principio de un nuevo mundo lleno de angustia. La aterradora aparición de los ángeles de la muerte es el primer indicio de este gran tormento.
¿Qué [será de ellos] pues, cuando los ángeles los recojan a su muerte, y les golpeen en la cara y en la espalda? (Sura 47: 27 Muhammad)
En este momento, la arrogancia e insolencia que los incrédulos tuvieron antes de la muerte se convertirá en terror, arrepentimiento, desesperación y tormento eterno. En el Corán, se alude a este hecho como sigue:
Pues, [muchos son los que] dicen: “¡Cómo! Una vez que hayamos [muerto y] desaparecido bajo la tierra, ¿vamos a ser de verdad [devueltos a la vida] mediante un nuevo acto de creación?”
¡No, sino que [al decir esto] niegan la verdad del encuentro con su Sustentador!
Di: “[Un día] el ángel de la muerte, a quien habéis sido encomendados, os recogerá, y luego seréis devueltos a vuestro Sustentador”.
Si tan sólo pudierais ver [cómo será el Día del Juicio], cuando los que están hundidos en el pecado aparezcan cabizbajos ante su Sustentador [y digan]: “¡Oh Sustentador nuestro! ¡[Ahora] hemos visto y oído! ¡Devuélvenos, pues, [a nuestra vida terrenal] para que hagamos buenas obras: pues [ahora] estamos, ciertamente, convencidos [de la verdad]!” (Sura 32: 10-12 La postración)
No se puede escapar de la muerte
La muerte, especialmente en edades tempranas, es algo en lo que raramente se piensa. Puesto que se cree que es el final, el hombre evita pensar en ella. Sin embargo, éste no es el remedio. Además, resulta imposible ignorarla. Todos los días aparecen titulares en los periódicos que relatan la muerte de tantas y tantas personas. Con frecuencia nos tropezamos con coches fúnebres o pasamos cerca de cementerios. Familiares y colegas mueren. El asistir a sus funerales o visitar a sus parientes para darles el pésame hace que pensemos en la muerte. A medida que asistimos a la muerte de otros y, especialmente a la de nuestros seres queridos, uno piensa inevitablemente en su propia muerte. Este pensamiento nos hiere profundamente, y nos provoca un estado de constante inquietud.
No importa con cuánta fuerza nos resistamos, dónde busquemos refugio o cómo intentemos escapar, encontraremos nuestra propia muerte en cualquier momento. No hay alternativa. Ante nosotros no hay otra salida. La cuenta atrás no se detiene ni un solo segundo. Dondequiera que miramos nos encontramos con la muerte. El círculo se estrecha constantemente y al final nos atrapa:
Di: “Ciertamente, la muerte de la que huís acabará alcanzándoos –y luego seréis devueltos a Aquel que conoce cuanto está fuera del alcance de la percepción de los seres creados, y también cuanto pueden percibir, y entonces él os hará entender realmente todo lo que hacíais [en vida].” (Sura 62: 8 La congregación)
Dondequiera que os halléis, la muerte os alcanzará –aunque estéis en torres elevadas. (Sura 4: 78 Las mujeres)
Éste es el motivo por el que necesitamos dejar de engañarnos a nosotros mismos o ignorar los hechos y esforzarnos por ganar el favor de Dios durante este período predeterminado por Él. Sólo Dios sabe cuando llegará nuestro fin.
Nuestro profeta Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) también dijo que la mejor forma de evitar que se nos nuble la razón y lograr tener un buen corazón es recordar la muerte con frecuencia:
Abdullah ibn Umar relató: “El Mensajero de Dios (la paz sea con él) dijo: “Estos corazones se llenan de herrumbre como el hierro cuando está en contacto con el agua”. Al preguntarle qué podría limpiarlos contestó: “Acordarse a menudo de la muerte y recitar el Corán”.” (Al-Tirmidhi, 673)
|