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EL ATLAS DE LA CREACION - Harun Yahya

EL ATLAS DE LA CREACION

   

CAPITULO 11

EL DISEÑO NO PUEDE SER EXPLICADO POR MEDIO DE LA CASUALIDAD

En el capítulo anterior observamos la imposibilidad de que la vida se forme de manera casual. Aceptemos por un momento esa imposibilidad. Supongamos que hace millones de años se formó una célula que adquirió todo lo que necesitaba para la vida y que por lo tanto "pasó a existir". La evolución vuelve a colapsar en ese punto porque aunque esa célula hubiese subsistido por un tiempo, eventualmente hubiera muerto y después no quedaría nada, con lo que todo volvería al punto inicial. Eso ocurriría así porque la primera célula, al carecer de cualquier tipo de información genética, no habría sido capaz de reproducirse e iniciar una nueva generación. La vida habría finalizado con la muerte de esa célula. 

El sistema genético no consta solamente de ADN. En ese entorno deberían existir también: a) enzimas para leer el código en el ADN; b) ARN mensajero después de la lectura de los códigos en el ADN; c) un ribosoma sobre el que se montará el ARN de acuerdo al código del caso, donde se fija para la producción; d) ARN para transferir los aminoácidos al ribosoma y poder así usarlos en la producción; y e) enzimas extremadamente complejas para llevar a cabo numerosos procesos intermedios. Un ambiente así no puede existir en ninguna otra parte que no sea aquel, totalmente aislado y controlado como el de la célula, donde se hallan los recursos de todas las materias primas y energías esenciales.

En consecuencia, la materia orgánica puede autorreproducirse solamente si existe como lo hace una célula totalmente desarrollada, con todas sus organelas y en un medio apropiado, donde pueda sobrevivir, intercambiar sustancias y tomar energía de su entorno. Esto significa que la primera célula en la Tierra se formó "repentinamente" con su increíble estructura compleja.

¿Qué significa que una estructura compleja pase a existir repentinamente?

Planteemos esta pregunta con un ejemplo. Comparemos la célula con un rodado de elevada tecnología en términos de su complejidad (En realidad la célula es un sistema mucho más complejo y desarrollado que un automóvil con su motor y equipamiento técnico). Ahora preguntémonos: ¿qué pensaría usted si está recorriendo la parte más profunda de un bosque muy cerrado y de entre los árboles surge a toda velocidad un vehículo último modelo? ¿Pensaría que distintos elementos del bosque se reunieron por casualidad durante millones de años y lo produjeron? Aunque todos los elementos que lo constituyen se obtienen a partir del hierro, el petróleo, el caucho y otros productos de la tierra, ¿le llevaría eso a pensar que fueron sintetizados "por casualidad" y luego se juntaron para construirlo?

Sin lugar a dudas, cualquiera en sus cabales se da cuenta que ese automóvil es el producto de un diseño consciente, es decir, que fue fabricado, y por lo tanto se preguntará qué estaba haciendo allí en medio del bosque. La producción repentina de una estructura compleja completa de fuente desconocida indica que es creada por un agente consciente. Un sistema complejo como la célula, sin duda, es creado por una voluntad y sabiduría superiores. En otras palabras, pasó a existir como creación de Dios.

Al creer los darwinistas que la pura casualidad puede producir diseños perfectos, traspasan los límites de la razón. No obstante, toda “explicación” presentada por los evolucionistas respecto al origen de la vida es como ésta. Una de las autoridades sobre esta cuestión es el conocido zoólogo francés Pierre Paul Grassé, anterior presidente de la Academia Francesa de Ciencias. Aunque es materialista, reconoce no obstante que la teoría darwiniana es incapaz de explicar la vida y señala un rasgo característico de la lógica de la "casualidad", que es la columna vertebral del darwinismo:

“La oportuna aparición de las mutaciones que permiten a los animales y a las plantas cubrir sus necesidades, parece difícil de creer. No obstante, la teoría darwinista es incluso más exigente: una sola planta, un solo animal, requeriría miles y miles de sucesos apropiados, afortunados. De esta manera, los milagros se convirtieron en una norma: sucesos con una posibilidad infinitesimal no podrían dejar de ocurrir. No hay ninguna ley que impida soñar despierto, pero la ciencia no debe dejarse manejar por los caprichos”139

Grassé resume lo que significa el concepto de "coincidencia" para los evolucionistas: “…La casualidad se convierte en una especie de providencia, la cual, bajo la cobertura del ateísmo, no es nombrada sino secretamente adorada”140

El fracaso lógico de los evolucionistas es el resultado de guardar como una reliquia (como algo sagrado) el concepto de casualidad. En el Corán está escrito que quienes adoran a algo distinto a Dios, están desprovistos de comprensión:

"… Tienen corazones con los que no comprenden, ojos con los que no ven, oídos con los que no oyen. Son como rebaños. No, aún más extraviados. Esos tales son los que no se preocupan" (7:179)

¡La Fórmula Darwiniana!

Además de todas las evidencias técnicas de las que nos ocupamos hasta ahora, examinemos, una vez más, cuál es el tipo de superstición de los evolucionistas con un ejemplo tan simple como para que sea comprendido por los niños.

La teoría de la evolución afirma que la vida se forma de modo fortuito. De acuerdo a este supuesto, los átomos sin vida e inconscientes se juntaron para formar la célula y luego de alguna manera formaron otros seres vivos, incluido el ser humano. Pensemos respecto a esto. Cuando reunimos los elementos primarios de la vida, como el carbono, el fósforo, el nitrógeno y el potasio, lo que se forma es solamente un amontonamiento. Independientemente del tratamiento al que se vea sometido ese conglomerado atómico, no puede formar una sola existencia viva. Si nos permite, expondremos un experimento sobre la materia y veremos a qué llaman los evolucionistas “fórmula darwiniana”, aunque no lo digan en voz alta.

Pongamos a su disposición grandes cantidades de las sustancias presentes en la composición de los seres vivos, como fósforo, nitrógeno, carbono, oxígeno, hierro y magnesio. Además agreguemos las sustancias que no existen bajo condiciones naturales pero que ellos piensan que son necesarias. Añadámosle a esa mezcla muchos aminoácidos que no tienen la posibilidad de formarse bajo las condiciones normales –como muchas proteínas–, uno solo de los cuales tiene la probabilidad de 1/10950 de constituirse. Expongamos esas combinaciones a la humedad y calor que quieran. Dejémosle que la agiten con la tecnología que más les guste y que se ocupen de ella los científicos que elijan. Dejemos también que esos expertos aguarden junto a la mezcla billones e incluso trillones de años. Permitamos que usen con  libertad todos los tipos de condiciones que crean necesarias para la formación de algo viviente. Independientemente de lo que hagan, con todos esos compuestos no podrán producir algo vivo, dice un profesor que examina la estructura celular bajo el microscopio electrónico. No pueden producir jirafas, leones, abejas, canarios, caballos, delfines, rosas, orquídeas, lilas, claveles, bananas, dátiles, naranjas, manzanas, tomates, melones, sandías, higos, aceitunas, uvas, duraznos, pavos reales, faisanes, mariposas multicolores o millones de otros seres vivientes. En realidad no podrían obtener ni siquiera una simple célula de nada de lo que aquí se nombra.


Los evolucionistas creen que la casualidad es una fuerza creadora por sí sola. Permitámosles tomar un barril inmenso y colocar en su interior todo tipo de ingredientes que piensen son necesarios para producir una célula. Dejemos que los calienten, congelen o sometan su contenido a descargas eléctricas y observen –ellos y las generaciones futuras, durante millones de años e incluso durante miles de millones de años– lo que sucede. Aceptemos que no dejen nada librado a la casualidad. Así y todo, serán incapaces de producir, aunque más no sea, una sola célula. Y por supuesto, más incapaces aún de producir un caballo, una mariposa, una flor, un pato, un limonero, un cerezo, una lechuza o una hormiga. Independientemente de lo que hagan, serán incapaces de producir un científico que examine sus propias células bajo el microscopio o un ser humano que piense, razone, juzgue, se regocije y anhele o se conmocione.

En resumen, los átomos inconscientes no pueden formar la célula por el hecho de juntarse. No pueden tomar una decisión original para dividir la célula en dos y luego tomar otras decisiones como crear a los profesores que inventaron el primer microscopio electrónico y con el que después examinan la estructura de sus propias células. La materia pasa a tener vida sólo por medio de la creación superior de Dios.

La teoría de la evolución, que supone lo opuesto, es una falacia total completamente contraria a la razón. Con sólo pensar un poquito sobre las pretensiones de los evolucionistas se descubre esa realidad, como se presenta en el ejemplo anterior.

La Tecnología Existente en el Ojo y en el Oído


La Tecnología en la Visión y en la Audición

Cuando comparamos la función del ojo y del oído con los de la cámara (filmadora) y grabadores de sonido, nos damos cuenta que los dos primeros son mucho más complejos, funcionales y perfectos que los productos tecnológicos mencionados.

Otro tema que permanece sin respuesta por parte de la teoría de la evolución es la excelente calidad de la percepción en el ojo y en el oído.

Antes de pasar al tema de la vista explicaremos resumidamente "como funciona la visión". Los rayos de luz que provienen de un objeto, impresionan de manera invertida en la retina del ojo. Entonces esos rayos son transmitidos como señales eléctricas por medio de células y llegan a un punto pequeño en la parte de atrás del cerebro llamado centro de la visión. Esas señales eléctricas son percibidas en dicho centro como una imagen después de una serie de procesos. Con este antecedente técnico, consideremos algunas otras cosas.

El cerebro está aislado de la luz. Eso significa que el cerebro está totalmente en la oscuridad y la luz no llega allí, incluido el centro de la visión, el cual puede ser el lugar más oscuro jamás conocido. Sin embargo, en esa oscuridad extrema usted observa un mundo luminoso, brillante.

La imagen formada en el ojo es tan precisa y bien definida que incluso la tecnología del siglo XX no ha sido capaz de obtenerla. Por ejemplo, mire el libro que está leyendo y las manos con las que lo sostiene y luego levante la cabeza para mirar a su alrededor. ¿Ha visto alguna vez una imagen precisa y definida como esa en algún aparato? Ni la más elaborada pantalla de TV producida por la mejor empresa del mundo puede proveer una imagen así. Es decir, una imagen tridimensional con sus respectivos colores y sumamente definida. Durante más de 100 años miles de ingenieros han intentado alcanzar esa definición fijándose pautas extremadamente elevadas, realizando innumerables investigaciones, planes e invenciones y montando talleres al efecto. Si observa de nuevo la pantalla de TV, el libro que lee y las manos en que lo apoya, verá que hay una gran diferencia de definición y precisión entre lo que ve en la pantalla con respecto al libro y sus manos. Además, en la pantalla se ve una imagen bidimensional, en tanto que los ojos contemplan naturalmente de modo tridimensional, con profundidad. También verá en la pantalla algún trazo borroso o una mancha que seguramente no existe en la vista.

Miles de ingenieros han intentado durante muchos años construir una TV tridimensional y alcanzar la calidad de visión del ojo. Consiguieron diseñar un sistema de TV tridimensional, pero no es posible observarla sin ponerse lentes al efecto. Además, se trata solamente de una imagen en tres dimensiones artificial. Es mayor la formación de manchas o trozos borrosos y el primer plano aparece desencajado. Nunca ha sido posible producir una visión precisa y definida como la del ojo. Tanto en la cámara (de filmación o de foto) como en la TV existe una pérdida de calidad de imagen.

Los evolucionistas suponen que el mecanismo que produce esa imagen precisa y definida se ha constituido por casualidad. Pero si alguien le dice que el aparato de TV que tiene en su casa se formó casualmente al reunirse todos los átomos con un orden determinado, ¿qué pensaría usted? ¿Cómo los átomos pueden hacer algo que miles de personas no logran?

Todo el esfuerzo volcado en investigaciones, tecnología, laboratorios, grandes complejos industriales, usando los más avanzados artificios, no han sido capaces de hacer más de lo que conocemos.

Si no puede formarse de manera casual un dispositivo que produce una imagen más primitiva que la captada por el ojo, es evidente que éste y su visión tampoco pueden ser productos de la casualidad. Esa superioridad en la definición y precisión del ojo y su visión es dada por Dios, Quien tiene poder sobre todas las cosas.
El mismo criterio se aplica al oído. El oído exterior recoge los sonidos disponibles por medio de la aurícula y los dirige al oído medio, el cual transmite las vibraciones intensificándolas. El oído interno envía dichas vibraciones al cerebro en la forma de señales eléctricas. Como sucede con la vista, el acto de oír finaliza en el centro de la audición en el cerebro.

Lo que sucede con el ojo es también valedero para el oído. Es decir, el cerebro está aislado del sonido externo como de la luz: en su interior no hay sonido. Por lo tanto, no importa el tipo de ruido que haya en el exterior. En el interior del cerebro hay un silencio completo. Sin embargo, el cerebro percibe extraordinarios sonidos, como la sinfonía de una orquesta y todos los ruidos de una plaza colmada de gente. Si con un dispositivo especial se mide el nivel de sonido en el cerebro, se comprobará que allí existe un silencio completo.

Comparemos de nuevo la elevada calidad y la tecnología superior presente en el oído y en el cerebro con la tecnología producida por los seres humanos. Como en el caso de las imágenes, se han invertido décadas de esfuerzos para generar y reproducir sonidos fieles al original. A pesar de todo lo hecho, hasta ahora no se ha obtenido ningún sonido con la misma definición y claridad como lo percibe el oído. Incluso en los sistemas de más alta fidelidad se pierden algunos sonidos o se oye un silbido antes que comience la música. Sin embargo, los sonidos producidos por la tecnología del cuerpo humano son extremadamente definidos y claros. El oído humano (normal) nunca percibe un sonido acompañado de un silbido o con parásitos atmosféricos, cosas que se presentan en equipos de alta fidelidad. El oído percibe el sonido exactamente como es, definido y claro. Así ha sido desde la creación del ser humano.

En resumen, la tecnología en nuestro cuerpo es muy superior a la que ha producido el género humano usando toda la información, experiencia y oportunidades acumuladas. Nadie dirá que un equipo de alta fidelidad  o una cámara fotográfica pasó a existir como producto de la casualidad. ¿Cómo se puede suponer entonces que las tecnologías existentes en el cuerpo humano –superiores a las inventadas por el hombre– pudieron haber pasado a existir como resultado de una cadena de coincidencias llamada evolución?

Es evidente que el ojo, el oído, y en realidad todas las otras partes del cuerpo humano, son productos de una creación muy superior. Son indicios, transparentes como el cristal, de la creación única y sin par de Dios, de Su eterno conocimiento y poder.

La razón por la que mencionamos aquí los sentidos de la audición y de la visión se debe a la incapacidad de los evolucionistas para comprender evidencias de la creación tan claras como éstas. Si algún día le pide a algún evolucionista que le explique cómo se hizo posible en el ojo y en el oído esas estructuras y tecnología excelentes como resultado de la casualidad, verá que es incapaz de darle alguna respuesta lógica y razonable. Incluso Darwin en su carta del 3/4/1860 a Asa Gray escribió que “la meditación sobre el ojo me dejó totalmente frío”, y confesó la desesperación de los evolucionistas frente a la creación excelente de los organismos vivientes.141

La Teoría de la Evolución Resultó el Hechizo Más Eficaz en el Mundo


Así como parece increíble que hayan existido adoradores del cocodrilo, también nos resulta inadmisible que los darwinistas crean que los átomos inconscientes, inertes, junto con la casualidad, son fuerzas creadoras, y se amarren a esa concepción como si fuese una religión.

Es evidente que toda persona libre de prejuicios y de la influencia de cualquier ideología, que se vale solamente de la lógica y de la razón, comprenderá claramente que es totalmente imposible creer en la teoría de la evolución, pues induce a aceptar las supersticiones de las sociedades totalmente incivilizadas y carentes de todo conocimiento científico.

Como explicamos antes, quienes creen en la teoría de la evolución piensan que con sólo arrojar átomos y moléculas en un gran tanque podrían producir profesores, estudiantes universitarios y científicos del nivel de Einstein y Galileo, artistas de la categoría de Humphrey Bogart, Frank Sinatra y Pavarotti, como así también limoneros, antílopes y clavelinas.

Además, quienes creen en semejante sin sentido, son personas cultas, preparadas intelectualmente, con nivel académico. Por eso mismo, nos parece absolutamente justificable considerar la teoría de la evolución como el hechizo más formidable en la historia del ser humano. Nunca antes otra creencia o idea, a modo de venda sobre el entendimiento, había convertido en irracionales a tantas personas velándoles la verdad e impidiéndoles un pensamiento lógico o inteligente. Se trata de una ceguera increíble de la comprensión, peor incluso que la de los egipcios adoradores del dios sol Ra, peor que la de algunos africanos que veneran a los totems, peor que la del pueblo de Saba, idólatra del sol, peor que la de la tribu del profeta Abraham que reverenciaba a ídolos hechos con sus propias manos o peor que la del pueblo de Moisés que se prosternaba ante el Becerro de Oro.

En realidad, el encontrarse en esa situación es algo irracional. A ello se refiere Dios en el Corán cuando en muchos versículos revela que el entendimiento de diversas personas será velado y serán incapaces de ver la verdad:

Da lo mismo que adviertas o no a los infieles: no creen. Dios ha sellado sus corazones y oídos; una venda cubre sus ojos y tendrán un castigo terrible (Corán, 2:6-7).

... Tienen corazones con los que no comprenden, ojos con los que no ven, oídos con los que no oyen. Son como rebaños. No, aún más extraviados. Esos tales son los que no se preocupan (Corán, 7:179).

Aun si les abriéramos una puerta del cielo y pudieran ascender a él, dirían: “Nuestra vista ha sido enturbiada nada más, o, más bien, se nos ha hechizado” (Corán, 15:14-15).


Las palabras no pueden expresar lo sorprendente que es que dicho hechizo se haya conservado durante ciento cincuenta años, manteniendo esclava y alejada de la verdad a una parte tan amplia de la sociedad. Más incomprensible aún es que unos pocos individuos, o uno solo, creasen e impusiesen escenarios imposibles y suposiciones plagadas de estupideces y falta de lógica. Solamente se puede explicar como “mágico” el hecho de que gente en todo el mundo crea que átomos inconscientes e inanimados decidieron de modo repentino juntarse y formar un universo que funciona con un sistema de organización y disciplina sin tacha, constituir el planeta Tierra con todas sus características tan perfectamente apropiadas para la vida, dar lugar a criaturas vivientes con incontables sistemas complejos y a los seres humanos con razonamiento y conciencia.

En realidad, Dios revela en el Corán en el incidente del Profeta Moisés y Faraón, que quienes respaldan filosofías ateas influencian sobre otras personas mediante lo mágico. Cuando a Faraón se le habló de la religión verdadera, ordenó que el profeta Moisés se reúna con sus magos. Al producirse ese encuentro el profeta Moisés les dijo que demuestren sus capacidades. El versículo continúa:

Dijo (Moisés): “¡Tirad vosotros!”. Y, cuando tiraron, fascinaron los ojos de la gente y les aterrorizaron. Vinieron con un encantamiento poderoso (Corán, 7:116).

Como vemos, los magos de Faraón eran capaces de engañar a cualquiera pero no al profeta Moisés y a quienes le seguían. De todos modos, la evidencia presentada por el profeta Moisés rompió el hechizo o, como dice el versículo que sigue, engulló sus mentiras:

E inspiramos a Moisés: “¡Tira tu vara!”. Y he aquí que ésta engulló sus mentiras. Y se cumplió la Verdad y resultó inútil lo que habían hecho. Fueron, así, vencidos y se retiraron humillados (Corán, 7:117-119).


Es decir, cuando se comprobó que quienes habían arrojado primero un hechizo sobre otros a lo único que dieron lugar fue a una situación ilusoria, perdieron toda credibilidad. También en la actualidad, quienes caen bajo la influencia de un hechizo semejante y creen en esas suposiciones ridículas disfrazadas de científicas y se pasan la vida defendiéndolas, se sentirán mortificados cuando se presente la verdad plena y el hechizo se rompa. Efectivamente, Malcom Muggeridge, filósofo ateo y sostenedor del evolucionismo, admitió que era temeroso de esa perspectiva:

“Estoy convencido de que la teoría de la evolución, especialmente en el grado que ha sido aplicada, servirá para hacer grandes bromas en los libros de historia del futuro. La posteridad se maravillará de cómo hipótesis tan endebles e inciertas pudieron ser aceptadas con la credulidad increíble demostrada”142

Ese futuro no está muy lejos. Por el contrario, la gente verá enseguida que la “casualidad” no es un dios y reflexionará sobre la teoría de la evolución para llegar a considerarla el peor engaño y el hechizo más terrible acontecido en el mundo. Son muchos los que ya ven el verdadero rostro de la teoría de la evolución y se preguntan asombrados cómo es posible que se hayan dejado atrapar por la misma.

    
 

139. Pierre-P Grassé, Evolución de los Organismos Vivos, N. York, Academic Press, 1997, p. 103.
140. . Idem, p. 107
141. Norman Macbeth, Darwin Revisado: Un Llamado a la Razón, Boston, Gambit, 1971, p. 101.
142. Malcom Muggeridge, El Fin de la Cristiandad, Grand Rapids, Eerdmans, 1980, p. 43.